Carta Pastoral al presbiterio de San Cristóbal

Pido prestadas las palabras del Apóstol Pablo cuando escribe a Timoteo y a Tito para dirigirme a todos los miembros del Presbiterio, mis próvidos cooperadores, en la guía pastoral de esta Iglesia local de San Cristóbal: “a ustedes, auténticos hijos en la fe: gracia, misericordia y paz de parte de Dios Padre y de Cristo Jesús, Señor nuestro” (1 Tim 1,2; 2 Tim 1,3; Tito 1,4).

En estos días hemos vivido con preocupación la desaparición y posterior noticia de la muerte del Pbro. JESÚS MANUEL RONDON MOLINA, quien fuera miembro de nuestro Presbiterio Diocesano. Ya conocemos los detalles del triste acontecimiento y todo lo que ha venido sucediendo desde hace ya algún tiempo con la investigación ante serias denuncias presentadas en su contra, que condujeron a un proceso investigativo y penal concluido con el decreto de dimisión del estado clerical.

De verdad que lamento todo lo ocurrido. Nos toca asumir el dolor de sus seres queridos y de la comunidad eclesial. Asimismo, hemos de compartir el dolor de la víctima, convertido en victimario, y el de su familia. Es también nuestro dolor como sacerdotes acompañado de una inmensidad de interrogantes. Podemos caer en la tentación del temor, por algunos hechos que han rodeado la noticia: el vil manejo de algunas autoridades nacionales de este hecho, lleno de malintencionadas reflexiones y descalificaciones hacia la Iglesia y todo el cuerpo de ministros (Obispos, sacerdotes y diáconos) que ciertamente están al servicio de un pueblo al cual pertenecen.

Pero, lejos de amilanarnos y desanimarnos, les invito a alzar nuestra frente con la dignidad de los hijos de Dios pues asumimos nuestras responsabilidades; aún con nuestras deficiencias hemos recibido la misma misión del Profeta: ser “columnas de hierro y murallas de bronce” para sostener al pueblo” (Jer. 1,18) y así también “arrancar y derribar, destruir y demoler, edificar y plantar” (Jer. 1, 10).

Les escribo con el corazón en la mano, como padre y pastor. Desde el dolor, pero con la arrolladora esperanza liberadora, nacida de la Resurrección de Jesús. Tenemos como horizonte el Reino para el cual hemos sido elegidos y consagrados, configurados a Cristo Sacerdote para seguir actuando con entusiasmo en su nombre.

 

I. LEER LOS ACONTECIMIENTOS CON OJOS DE FE.

Es preciso que todo lo que ha acontecido en estos días y que nos ha llegado a lo más hondo del alma, lo leamos con los ojos de la fe. No se trata de un conjunto de hechos que puedan ser estudiados en el futuro por los historiógrafos. Es necesario que, como bautizados y consagrados por el sacramento del Orden, contemplemos al Señor que nos habla a través de ellos y así poder sacar conclusiones en orden a fortalecer nuestro compromiso como sacerdotes.

Para ello, les invito a compartir lo que nos dice Pablo en su segunda carta a Timoteo. Allí podemos conseguir luces y fortalecimiento para seguir adelante. Habla el Apóstol a uno de sus “hijos amados”, desde la prisión y ya teniendo cerca la muerte. La ve cercana y, lejos de llenarse de desesperanza, toma fuerza y con “parrhesía” quiere contagiar a su discípulo para que continúe en fidelidad la misión recibida. Quiero inspirarme en Pablo para alentarlos a todos ustedes y decirles que sigamos adelante: si hay que corregir, corregiremos; si hay que reafirmar nuestra vocación, la reafirmaremos; si hay que fortalecerse en la debilidad, nos fortaleceremos… pero lo peor que nos puede ocurrir es dejarnos llevar por la mediocridad o por pensar que no son necesarios los cambios y que mejor es seguir como se hacía antes… Para ello, no me cansaré de decirles: “¡ÁNIMO Y ADELANTE EN EL NOMBRE DEL SEÑOR!”

Fijémonos en algunos elementos propuestos por Pablo en la carta segunda a Timoteo:

a)    “Por esta razón te recomiendo que reavives el don de Dios que has recibido por la imposición de mis manos. Porque Dios no nos ha dado un espíritu de timidez, sino de fortaleza, de amor y de dominio” (1,6). Sencillamente, es una hermosa oportunidad para recordar que por Él “somos lo que somos” (1Cor 15,10): no hay que tener miedo, sino fortaleza y, con decisión, sabernos ungidos-consagrados por el mismo Señor. No nos dejemos dominar por las vacilaciones, los temores o los acomodos individualistas.

b)   Todo ello será posible si nuestra vida permanece centrada en Jesucristo, al cual estamos configurados por el sacramento del Orden. Así nos lo enseña Pablo: “Acuérdate de Jesucristo…resucitado de entre los muertos… por el cual sufro hasta encontrarme encadenado como un malhechor. ¡Pero la Palabra de Dios no está encadenada! Por eso, permanezco firme en todo por causa de los elegidos, para que también ellos obtengan la salvación que está en Jesucristo, junto con la gloria eterna”. (2, 8-10). Aquí está la clave de todo: así podremos mantenernos fieles en el

c)    Estanos llamados a perseverar, sin dejarnos conquistar por quienes practican el mal. En el fondo es ser buenos y santos, para ser santificadores de los demás: “Tú en cambio, persevera en lo que aprendiste y crees con firmeza. Sabes de quien lo aprendiste” (3, 14ss)

d)   Como pastor al estilo de Pablo, les invito “en presencia de Dios y de Jesucristo… a anunciar la Palabra, insistir a tiempo y a destiempo, reprender, corregir y exhortar con toda paciencia y conforme a toda enseñanza” (4,1-2). Ello requiere ser modelo para el rebaño: “Tú, en cambio, sé sobrio en todo, soporta los sufrimientos, realiza tu tarea de evangelizador y lleva a cabo por completo tu ministerio” (4, 5).

e)    Agarrados de la mano del Señor, como nos lo enseña Pedro “no se asombren de la prueba de fuego desatada contra ustedes, como si les pasara algo extraordinario. Al contrario, alégrense en la medida en que comparten los sufrimientos de Jesucristo, para que cuando se revele su gloria, también desborden de alegría y gozo” (1 Pe, 4,12-13). Eso lo supo vivir Pablo y por eso le dijo a Timoteo: “He peleado el buen combate, he concluido la carrera, he conservado la fe”. 4,7).

Les propongo releer en estos días esta segunda carta de Pablo a Timoteo.; sin apresuramientos y tratando, desde esa hermosa palabra revelada, iluminar el momento que estamos viviendo. Ya lo hemos advertido en otras ocasiones: muchos se aprovecharán para descalificarnos, o para atacarnos, o para tergiversar nuestra tarea… No debemos darle ocasión, es cierto. De allí la necesidad de actuar en el nombre de Cristo y con sus mismos sentimientos. Pero,  si todo lo hacemos en su nombre, aunque nos persigan, critiquen o descalifiquen, como pastores buenos y verdaderos de la grey, seguiremos guiando a las ovejas con la frente en alto. No somos mercenarios que huimos ante las dificultades. Por eso, de nuevo les repito: ¡ÁMIMO Y ADELANTE EN EL NOMBRE DEL SEÑOR!

 

II. CONTEMPLAR NUESTRO COMPROMISO.

La luz de la Palabra nos ayuda a contemplar continuamente cuál y cómo es nuestro compromiso. Les propongo las siguientes ideas para esa contemplación, que hemos de hacer con la admiración y el asombro de la fe, con la decisión de la esperanza y el ardor de la caridad:

a)    Reafirmar nuestra configuración a Cristo Sacerdote.

Es nuestra identidad propia. La gente debe seguir considerándonos como “íconos” del Sumo y Eterno Sacerdote, imágenes vivas del Buen Pastor. En este sentido, somos reflejo de las Bienaventuranzas (cf. Mt 5), que constituyen el mejor retrato evangélico del Señor: por ello, con nuestros actos y nuestra forma de ser, hemos de mostrarnos «limpios de corazón”, “misericordiosos”, con “espíritu de pobres”. Siempre nos toca hacerlo, pero en este momento es bueno reafirmarlo con sencillez decisión. La oración, la Eucaristía, la Reconciliación y la Palabra de Dios son los alimentos enriquecedores para reafirmar nuestra configuración a Cristo Sacerdote.

b)   Mostrarnos como servidores y testigos.

No podemos olvidar que hemos sido tomados de entre nuestro pueblo y puestos en medio de él “para las cosas que son de Dios” (Heb 5,1). Jesús nos da la clave: “no ser servidos sino servir” (Mc 10.45); es decir, dar la vida por la salvación de todos, sin excepción. Lo hacemos mediante el testimonio, con el cual nos convertimos en una página viva del Evangelio de Jesús. Con coherencia y transparencia, manifestando en todo momento y lugar que no nos escondemos ni que ejercemos nuestro ministerio como si fuéramos gerentes o profesionales de una empresa importante. La práctica de los consejos evangélicos –pobreza, obediencia, castidad- es el mejor modo de manifestarnos como “servidores y testigos” (Hech 26,16).

c)    Sentirnos en todo momentos como ministros del Señor para el Pueblo de Dios.

Hoy más que nunca, el pueblo fija su mirada en nosotros. Hemos sido elegidos y consagrados para estar al servicio del pueblo de Dios. Con nuestra fraternidad, que es de origen sacramental, siendo hombres de comunión y testimoniando la vida según el Espíritu (cf. Rom 8), la gente podrá percibir la generosidad de nuestra entrega y el sentido de pertenencia a ese pueblo del cual formamos parte. Una de las importantes expresiones de esto es la opción preferencial por los pobres, según nos lo pide y enseña la Iglesia. Sin apegos ni intereses particulares, enriquecidos con el principio vital de la caridad pastoral, no nos alejemos de la gente, sino que, con el principio irrenunciable de la encarnación, seamos puentes de mediación y encuentro, consoladores  y defensores de los hermanos con la Verdad que nos hace libres (Jn 8,32).

III.           ALGUNAS RECOMENDACIONES Y DIRECTRICES.

Aprovecho esta oportunidad para darles algunas recomendaciones y recordar algunos puntos de los que hemos hablado con anterioridad. Asimismo, les propondré algunas directrices necesarias en este tiempo.

a)    Como dice el salmista, “¡qué bello es ver a los hermanos vivir en común!” La fraternidad sacramental es una tarea continua. Con ella nos reconocemos hermanos unidos por el vínculo del sacramento. Es necesario fortalecerla: para ello que no exista entre nosotros ni las maledicencias, ni los chismes, ni las actitudes prepotentes. Compartamos humildemente los dones que hemos recibido y que nadie se considere más que los otros, sino servidores de los unos a los otros.

b)   Ayudémonos mutuamente. Es consecuencia primordial de la fraternidad sacramental: Los de más experiencia animando a los más jóvenes. Y si vemos a un hermano en peligro, no tengamos reparo en advertírselo y auxiliarlo para que no caiga; o de haber caído, ayudarlo a levantarse. Y, sin temor, acudir al Obispo para que se haga todavía más efectiva la ayuda. A veces podemos caer en la falsa concepción de una “solidaridad automática”, sobre todo cuando hay que hacer procedimientos curativos o actuar según la norma de la Iglesia.

c)    No olvidemos presentarnos como modelos para los fieles y para todos, incluyendo los no católicos o no creyentes. Como nos recuerda Pablo, “sean íntegros y sin tacha, irreprochables hijos de Dios en medio de una generación perversa y depravada en la cual resplandecen como faros en el mundo, al mantener con firmeza la Palabra de vida” (Filp. 2, 14-15).

d)   No dudemos en manifestar el amor a la Iglesia universal y, particularmente, a la de San Cristóbal donde estamos incardinados.  La diocesaneidad es uno de nuestros carismas. Por ello, mirando hacia adelante y conscientes de la herencia que nos toca dejar para las futuras generaciones, no hagamos a un lado la ejecución del PLAN DIOCESANO DE PASTORAL, sobre todo en la promoción y edificación de las Comunidades Eclesiales de Base.

e)    Teniendo en cuenta lo anterior, quiero presentarles algunas directrices importantes:

(1)  Es necesario cumplir con todas las normas del Derecho Canónico y de los Estatutos Sinodales de la Diócesis de San Cristóbal, lo cual forma parte de la promesa de obediencia hecha el día de la ordenación. No se puede pensar que las normas se hicieron para transgredirlas.

(2)  Los sacerdotes párrocos no deben albergar menores de edad en las casas parroquiales. En caso de necesidad se requiere permiso expreso de los padres y representantes y autorización escrita del Obispo. Asimismo, “para que puedan residir otras personas en la Casa Parroquial, aún familiares del Párroco o de algunos de los Vicarios, se requiere el permiso escrito del Obispo diocesano” (ESTATUTOS DIOCESANOS 286)

(3)  Es necesario que los sacerdotes vistan con decencia y con el distintivo propio del traje clerical (cf. ESTATUTOS SINODALES 204). No deben mostrar ninguna apariencia mundana que pueda desdecir del ministerio sacerdotal. En esta línea, tanto en la forma de presentarse, como en la forma de hablar se ha de actuar considerándose configurados a Cristo Sumo y Eterno Sacerdote. A partir de la fecha de esta comunicación, se pide a todos los sacerdotes no presentarse con cabelleras largas, ni con formas estruendosas en los peinados y barbas.

(4)  Como ya se ha indicado, ningún sacerdote puede cambiar el arancel establecido por la Curia y que siempre se actualiza con las indicaciones del Consejo Presbiteral. Mientras no se señale lo contrario ningún sacerdote está autorizado exigir ni determinar estipendios en moneda extranjera.

(5)  A partir de esta fecha, y siguiendo las recomendaciones de la Iglesia Universal, cualquier denuncia que se reciba en caso de posibles abusos de clérigos contra menores, además de realizarse el debido proceso –como se ha hecho hasta ahora- será comunicada a la autoridad civil para su conocimiento y acciones subsiguientes.

IV. CON MARÍA.

María, la Madre del Sumo y Eterno Sacerdote siempre nos acompaña con su maternal protección e intercesión. En los momentos de alegría, ella nos hace sentir la frescura del amor de Dios; en los momentos de debilidad nos recuerda que “la misericordia del Señor” nos acobija (cf. Lc 1,50.54). Y también en los momentos de dolor y tristeza, ella acude a nosotros como cuando recibió a su Hijo muerto en la Cruz en sus brazos, para sostenernos y consolarnos con la ternura de una madre. No dejemos de acudir a Ella, y de experimentar en nuestro ministerio sacerdotal la gracia de la elección divina. Para ello, con ella podemos decir: “Proclama mi alma la grandeza del Señor porque se ha fijado en la pequeñez de su esclava” (Lc 1, 47).

Les saludo con afecto y los aliento a seguir siendo fieles en el ministerio recibido. De los momentos difíciles, de los llenos de logros y alegrías, de los dolorosos podemos sacar muchas enseñanzas, porque el Señor mismo nos habla a través de ellos. No dejemos nunca el íntimo coloquio con Dios en la oración: así podremos escucharle y hablarle para descubrir cómo se manifiesta su voluntad de salvación. Hablémosle de nuestro pueblo para hablarle al pueblo de Él. Les ratifico mi cariño hacia todos y les garantizo que, al igual que todo el pueblo de Dios peregrinante en nuestra Iglesia de San Cristóbal, pueden seguir contando conmigo. Les ruego una oración por mí para mantenerme también como “servidor y testigo” de todos.

Al darles mi bendición les repito: ¡ANIMO Y ADELANTE EN EL NOMBRE DEL SEÑOR!

            +Mario, Obispo de San Cristóbal.

San Cristóbal, 23 de enero del año 2020.

Un comentario sobre «Carta Pastoral al presbiterio de San Cristóbal»

  1. A diferencia de los ejercitos del mundo comun donde el general va de ultimo en nuestra iglesia el general va al frente de la batalla!! que orgullo monseñor ver que usted es un hombre lleno de la gracia de DIOS CUENTE CON MI ORACION Y LA DE MI FAMILIA!!!! ES USTED UN VERDADERO SACERDOTE DE CRISTO EL SEÑOR!! VALIENTE!!!

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