Homilía: Ordenación presbiteral Jean Carlos Yepes

4 SEPTIEMBRE 2021.

Entre los diversos personajes de la Escritura, podemos mencionar cuatro de ellos que sirven de signos para lo que significa ser hoy sacerdote del Señor para el Pueblo de Dios: El primero es Abraham, a quien Dios elige, sacándolo de en medio de las naciones para que se convierte en padre de un pueblo numeroso. Moisés, elegido de en medio de las aguas para hacerlo liberador de ese pueblo y conducirlo por el desierto en compromiso de alianza hacia la tierra prometida. Pablo, destinado a ser Apóstol de las naciones, alzado de la ceguera de la fe en el camino de Damasco. Y, por supuesto, Jesús de Nazaret, quien despojado de su condición divina se hizo hombre para ejercer el más grande sacerdocio de la historia humana.

Hoy, en esta solemne celebración eucarística, la parroquia Santísima Trinidad en La Fría se reviste de alegría al ver que uno de los suyos es llamado y sacado de en medio suyo para ser consagrado como sacerdote del Señor para el pueblo de Dios: Jean Carlos. Al igual que Abraham, es llamado a salir de su terruño para ir a otras tierras para hacer realidad el misterio de un pueblo que ha de seguir creciendo y llegue a ser tan numeroso como las estrellas del cielo. Del mismo modo como Moisés, es salvado de las aguas y destinado a la misión de conducir al pueblo de Dios por sendas oscuras hacia la plenitud del encuentro con Dios. Asimismo, como Pablo es introducido en el camino de un nuevo Damasco donde, con la gracia de Dios, va a ser servidor y testigo del Resucitado. Y será configurado a Cristo, luego de haber ser elegido en el vientre materno de su mamá y allí destinado a ser columna de hierro y muralla de bronce para el mismo pueblo de Dios.

Al tener a Abraham como signo de su ministerio sacerdotal, Jean Carlos va a experimentar la misma sensación del Padre en la fe: será como él padre de muchos, no engendrados en la carne sino en la fe. Se trata de una paternidad nueva, en el nombre de Dios que le exigirá dejar todo, desposeerse de todo e ir sólo con las alforjas llenas de la confianza en Dios. La figura de Abraham le llevará a entender que se trata de una elección ante la cual se ha de responder no con un contrato frágil, sino con la entrega y apertura de una fe creciente y una esperanza contra toda esperanza. Jean Carlos será manifestación de la paternidad divina, no mediante una mera capacidad humana, sino mucho más profundamente en un permanente acto de fe y esperanza que terminará teniendo la fecundidad para engendrar los hijos de un pueblo sacerdotal y regio. Con Abraham entenderá el sentido de la pobreza que ha de distinguir a todo ministro sacerdotes: sale de su terruño, se desprende de todo lo que posee y se convierte en guía de un pueblo llamado a seguir siendo numeroso.

Moisés le brindará a Jean Carlos la oportunidad de asumir lo que significa descalzarse en la tierra de Dios, para así poder caminar con libertad plena y liberar a su pueblo de todo tipo de opresión nacida del pecado del hombre y del mundo. Como el gran profeta liberador, su ministerio ordenado se orienta a escuchar el clamor de la gente, darle confianza, sostenerla, librarla de toda idolatría, mantener la alianza con Dios y conducirlo hacia la tierra prometida de salvación. Para poder realizar su misión, Moisés reconoce que es uno de los pequeños, de los “anawim yahvé” (pobres de Yahvé): sin prebendas y desposeído de todo poder mundano, emprende la tarea de conducir al pueblo. Sólo Dios es su bastón y su fuerza, lo cual muestra en el rostro resplandeciente con la luz del Señor. Por su experiencia de “pequeñez”, sin dejar de tener la autoridad necesaria, se muestra como hombre humilde capaz de conducir y entender a un pueblo duro de cerviz y animarlo con la ternura propia de Dios. Será, desde este horizonte, el gran mediador o intercesor entre Dios y su pueblo y viceversa.

Por otra parte, la figura del Apóstol de Jesucristo, Pablo, se presenta como modelo de servicio y testimonio que debe distinguir la vida y ministerio de todo sacerdote. Salido de la oscuridad en el camino de Damasco, siempre, a partir de entonces, se consolidó como “hijo de la luz” para engendrar nuevos “hombres nuevos e hijos también de la luz”. Pablo entendió la misión recibida y pudo palpar sus consecuencias al agradecerle siempre a Dios la actitud de quienes eran sus discípulos, capaces de poner en práctica lo aprendido y continuar haciendo que el evangelio cundiera por todas partes. Los escritos paulinos nos traducen las actitudes propias de un sacerdote-apóstol reflejadas en todo momento en las acciones evangelizadoras del Apóstol: la dulzura y ternura, el afecto y la preocupación por la gente, el desprendimiento, la limpieza de corazón, y la seguridad de hacerlo todo en el nombre del Señor Jesús. Aquí está la clave para el éxito verdadero del ministerio de un sacerdote: que por la vivencia de su configuración al Sumo Sacerdote pueda afirmar “no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí”. Así deberá ser, de ahora en adelante, el estilo de vida de Jean Carlos.

Por supuesto que el mayor de todos los signos para la vida de un ministro ordenado es y será siempre Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote. A Él se configurará Jean Carlos por la imposición de manos de su Obispo. Esto significará que, a partir de este momento sin excusa de ningún tipo se convertirá en el realizador de todas las promesas anunciadas en Abraham, continuará la tarea liberadora de la humanidad como Moisés y será capaz de anunciar a tiempo y a destiempo la Palabra encarnada y salvadora, como bien lo supo hacer Pablo.

Hay mucho más. En esa configuración transformadora de su existencia. Jean Carlos asume las tareas de ser maestro-profeta, guía-pastor y liturgo-santificador. Como liturgo-santificador, está llamado a santificar a su gente, manteniendo abierto siempre el nuevo Santuario inaugurado en la experiencia del Calvario y la tumba vacía para que se siga haciendo sentir la fuerza renovadora de la nueva creación. Esto acompañado del ejercicio de la tarea de guiar como pastor a su grey: para ellos recibe la vara y el cayado de la perseverancia, la fidelidad y dedicación plena a todos: sólo así podrá conducir al pueblo aún en medio de las oscuridades de los caminos y lo peligroso de los barrancos, a todos hacia la plenitud de los pastos fértiles del encuentro con Dios. Será, conociendo y siendo conocido, encarnado en medio de los suyos como podrá también ser maestro-profeta: el anuncio de la Palabra y la Verdad que liberan, sobre todo mediante su testimonio permitirá que todos conozcan el designio de Dios y sean animados a optar por los cielos nuevos y la tierra nueva de la liberación pascual.

Todo esto mostrará la maravillosa responsabilidad que Jean Carlos asume a partir de ahora. Configurado a Cristo, está llamado a ser como Él “causa de salvación” para los demás. Esto le hará tomar conciencia de que todo lo debe hacer en su nombre y en el de la Iglesia. Para ello, ha de caminar por las sendas de la misma humanidad y mostrar su seria y decidida preocupación por los más pequeños, vulnerables, pecadores, pobres y excluidos. Esto podrá hacerlo si sigue el ejemplo de Abraham, Moisés, Pablo y Jesús quienes se despojaron de todo para darse enteramente y sin reservas al cumplimiento de la misión recibida.

Oramos por Jean Carlos. Su nuevo compromiso ministerial le introducirá en un sinfín de posibilidades y tentaciones. Si lo acompañamos con nuestra amistad y sincero recuerdo orante, él podrá hacer patente la clave para su éxito ministerial: “Todo lo puedo en Cristo, mi esperanza y confianza”.

QUERIDO HIJO:

Has sido elegido libremente por Dios. Como lo dijo Jesús a Pedro al final del evangelio de Juan, ahora será otro quien te revista de su túnica y ceñirá tu cintura. Déjate conducir, entonces, por el Espíritu Santo. Ten siempre la misma apertura que Abraham, Moisés y Pablo manifestaron al responderle la llamada que les hiciera Dios. Por supuesto, siempre manifestando en todo el rostro de Cristo Sacerdote.

No renuncies nunca a tu sencillez, a tu alegría y visión de futuro, así como el sentido de discernimiento que te distinguen. Pon todo eso al servicio del pueblo de Dios y haz que siempre te vean como un modelo de vida a ser imitado…de ser así, ellos en el fondo estará imitando al mismo Cristo que tú transparentarás. Apóyate en la oración y la Palabra de Dios: con ellas podrás oír lo que Dios quiere para su pueblo y podrás decirle lo que ese mismo pueblo quiere hacerle saber.

María de la Consolación te acompañe con su maternal protección y San José, el hombre de Dios que en sus sueños descubrió la misión que Dios le otorgaba, te bendiga con su oración intercesora ante la Trinidad Santa. Amén.

+MARIO MORONTA R. Obispo de San Cristóbal

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