Homilía de la fiesta de Nuestra Señora de la Consolación

El Táchira tiene una profunda vocación religiosa. Desde los inicios de su historia, la evangelización en esta hermosa región fue acompañada por el Señor Jesús y por su Madre, la Virgen María. Nos conseguimos cómo estas tierras han sido, a la vez bendecidas por la protección mariana desde hace más de cuatro siglos: así lo demuestran las principales advocaciones que han recibido una particular aceptación en nuestros pueblos: desde la Virgen de la Luz en la frontera con Colombia hasta la Virgen de los Ángeles en las alturas andinas de La Grita; desde Chiquinquirá que en su caminar hacia el norte fue hospedada por la antigua ermita situada entonces a la salida de la ciudad hasta Coromoto, patrona de Venezuela. De manera particular, auspiciada por los agustinos, nos conseguimos la Virgen de la Consolación, cuyo santuario está en Táriba, el Nazaret del Táchira.

No hay hogar tachirense que no tenga una imagen de María de la Consolación. Ella ha entrado, como el Santo Cristo de La Grita, en el alma tachirense y es uno de los hermosos íconos de nuestra fe y vida eclesial. Su imagen, sencilla y llena de símbolos, es atrayente. El peregrino y el devoto encuentran siempre en ella un motivo de especial oración y contemplación. A ella acuden numerosos peregrinos venidos de todas partes de la geografía nacional e internacional. Es Madre de todos nosotros y es la flor más bella de los Andes venezolanos.

Este año, por la emergencia sanitaria que estamos atravesando, no hemos podido peregrinar físicamente a su santuario. Sin embargo, ella ha salido, como muchas veces lo ha hecho, para encontrarnos en nuestras comunidades, hogares y corazones. Así se ha hecho peregrina que ha venido a nuestro encuentro. Cada una de nuestras casas y personas se ha convertido, entonces, en un pequeño y grande santuario: pequeño, por las condiciones propias; pero grande por la Peregrina que nos llena de su amorosa protección y nos enlaza con tantísimos santuarios que Ella misma visita y con el gran Santuario del Reino donde está su Hijo, el del Rostro Sereno y Salvador.

Ella se nos ha dado a conocer a través de la religiosidad popular y la enseñanza de la Iglesia, aunque la verdadera y más hermosa fuente la encontramos en la Palabra de Dios. Es allí donde la descubrimos como Madre de Dios y la recibimos como Madre nuestra. El Evangelio nos habla de ella, quizás en pocas ocasiones, pero ciertamente con la profundidad de su misterio. El misterio de María no es de tipo esotérico, sino de carácter sacramental. Ella es Madre de Dios y primera discípula de su Hijo, el Divino Maestro. Con Ella aprendemos muchas cosas, como el saber contemplar a Dios, al guardar y meditar su Palabra en el corazón; esa misma Palabra en y con la cual va a cumplir la voluntad del Padre Dios; es la Palabra que se encarna y habita en medio de nosotros, gracias a su Sí, con el cual recibió la gracia de ser Madre del Altísimo.

En María del Táchira, podemos hallar un motivo para admirar desde lo más íntimo de nuestro ser, el misterio de Cristo. En y para el Táchira, María sigue siendo luz que ilumina nuestras sendas. Cuenta la tradición histórica, que su “tablita” resplandecía cada noche en el hogar de la mujer que la custodió durante mucho tiempo.  La gente la veía desde lejos y hasta se aventuraron a venir desde la “lejana” villa de San Cristóbal y sus alrededores, hasta Táriba para dejarse envolver por esa luz. Hoy, también la luz de María, que es la misma de su Hijo, nos permite con seguridad por las sendas que nos conducen a la novedad de la salvación.

La luz de María es la misma de la Palabra; es decir, la de su Hijo quien se identificó precisamente como “Luz”; a la vez, como “Camino Verdad y Vida”. Ella lo supo desde el primer momento de la encarnación, en el hermoso encuentro de la Anunciación con el Arcángel Gabriel. Hoy, los destellos de esa luz, reflejados desde las lecturas que hemos escuchado, nos permiten orar eucarísticamente y descubrir de nuevo la luminosidad que brota no sólo desde la querida “tablita” de Táriba sino desde la amorosa presencia en cada uno de nosotros.

Nuestra celebración eucarística de hoy nos presenta el significativo texto de las Bodas de Caná. ¿Por qué es significativo? Podemos dar muchas razones, pero lo que nos ofrece el evangelista Juan en esa perícopa nos da una pista. Es significativo, entre otras cosas, porque allí Jesús realiza la primera de las señales que lo van a dar a conocer como Mesías y Maestro; a la vez, allí, manifestó su gloria y los discípulos comenzaron el camino de la fe en Él.  El evangelista destaca que se trataba de un evento familiar, la boda de algunos amigos o parientes. Y, junto a Él y sus discípulos, se encontraba su Madre, María. Ella, al darse cuenta del apuro que van a tener los novios al acabarse el vino, le pide a Jesús que dé a conocer que ya ha llegado su “hora”. Es ella quien introduce la acción de Cristo para revelar que sí, que su “hora” ha llegado. Es cuando le dice a los servidores “hagan ustedes lo que Él les diga”. Jesús les pide llenar de agua las tinajas que  se encontraban en el lugar. Realiza la señal primera de su gloria: transforma el agua en vino, el cual resulta ser mucho más delicioso que el que se solía dar cuando la fiesta estaba avanzada.

Este relato nos permite leer la realidad vivida hoy en nuestra región y nación. También María y Jesús están en medio de nosotros. Nunca se han ido de nuestro lado. Quizás muchos no lo perciben. Como bien lo señaló el Papa Francisco al referirse a la dura situación causada por la pandemia, el Señor está en nuestra barca y hay que tomar conciencia de ello. Lo mismo acontece con nosotros y lo podemos percibir desde la narración de este primer signo en Caná de Galilea.

Se ha ido acabando el vino. Este siempre es signo de prosperidad y de  esperanza. En las culturas mediterráneas, nunca falta el vino en la mesa, tanto del rico como del pobre. Es símbolo de vitalidad, de presencia de Dios y de comunión entre los hermanos y amigos. Siempre se brinda con una buena copa de vino, para expresar la sintonía del amor en la amistad y la fraternidad. Cuando falta el vino falta algo que expresa lo esencial… y se introduce la tristeza o la crítica insana o el rechazo al otro.

No es ningún secreto cómo en medio de nosotros, está faltando el vino. Quizás no se previó lo suficiente como le pasó a aquellos novios. Hubo el descuido por falta de previsión o la confianza extrema en que nunca dejaría de haberlo. Pero aconteció y es algo preocupante: falta el vino en nuestras tinajas. Nos conseguimos con el escasez del vino sabroso de la seguridad ciudadana, del respeto a la dignidad humana, de la práctica de los valores y virtudes… eso sí, por si acaso, no se ha agotado el vinagre que puede ser causado por el mismo vino cuando comienza a agotarse y agitarse en el fondo de las tinajas: el de la maldad, el de la corrupción, el de todo lo que conduzca a división y olvido de los demás.

Entonces, podemos percibir en nuestra contemplación del texto evangélico, cómo la presencia actuante de María en medio de nosotros, vuelve a relucir en la petición dirigida a su Hijo: “No tienen vino”.  Jesús no parece tener escapatoria, porque su “hora” no sólo había llegado, sino ha sido cumplida con su entrega redentora. Nuevamente María se dirige a quienes pueden cooperar con la acción de Jesús. De allí que nos recuerda y nos da un mandato: “Hagan Ustedes lo que Él les diga”. Se repite la petición de Jesús, de llenar las tinajas con agua.

¿Cuál es esa agua? Él la identificará tiempo después en su encuentro con la Samaritana. Será el agua que salta hasta la vida eterna. Es el agua de la salvación, identificada con nuestra fe, nuestra esperanza y caridad. Es el agua del compromiso nacido por el seguimiento de Jesús. Es el agua de su presencia en medio de nosotros hecha patente por medio del propio testimonio de vida. Es lo que se nos pide.

El texto que estamos meditando tiene una expresión que nunca debe pasar desapercibida. El agua fue transformada en vino. Es un signo, más que un milagro. Con ello se anuncian dos cosas de tipo sacramental: la primera es la transformación bautismal con la cual  pasamos del antes de la oscuridad al ahora de la luz. Y, junto a ello, la otra transformación, del pan y el vino al Cuerpo y la Sangre de Cristo. Anuncio profético del Bautismo y de la Eucaristía.

Al cumplir con lo pedido, Jesús continúa haciendo lo mismo. Para ello dejó la herencia de la Iglesia, y así poder hacer lo mismo como memoria viva de su presencia y de su obra salvífica. Con el dinamismo bautismal y eucarístico que nos ha dado, va a seguir transformando el agua en el vino delicioso como el de la fiesta de Caná. Es el vino de la liberación total; de la paz verdadera y de la plenitud que hace sentir la fuerza de la nueva creación.

Es un signo o señal que se sigue repitiendo. Es el sacramento de su presencia, puesta de relieve gracias a María quien le advierte la llegada de su “hora”. Al  cooperar con Él al llenar del agua para ser transformada en el vino nuevo del Reino, muchos reafirmarán su fe y otros se acercarán a fin de conocerlo y decidirse a seguirlo.

Ahora bien, no podemos quedarnos sólo en este aspecto bonito de la interpretación y de la reflexión. Es necesario, pues ofrece iluminación a nuestro caminar  y actuar. Hay que dar un paso más, e irrenunciable. ¿Qué nos dice y a qué nos invita este texto evangélico de las fiestas de Caná? Al responder a estas interrogantes, podemos detenernos en tres respuestas para afinar el compromiso que debemos asumir en este momento.

La primera de ellas tiene que ver con lo que nos pide María. Al estudiar detenidamente la Sagrada Escritura, particularmente el Nuevo Testamento, nos vamos a conseguir algunos imperativos parecidos entre sí y que confluyen en el de la institución de la eucaristía: HAGAN ESTO EN MEMORIA MÍA. No olvidemos que toda nuestra existencia tiene esa dimensión eucarística. No reducimos la Eucaristía a meros ritos litúrgicos. Es algo mucho más importante ya que es expresión del ser y del quehacer de la Iglesia. No en vano afirmamos que  “la Iglesia hace la Eucaristía y la Eucaristía hace la Iglesia”. Ese mandato de la Última Cena encuentra un anuncio profético en otros imperativos: el de las Bodas de Caná; el dado a los discípulos en el episodio de la multiplicación de los panes y peces: DENLES USTEDES DE COMER.

 

Para nosotros, el mandato de María tiene plena vigencia. Lo unimos al de la Última Cena. HAGAN USTEDES LO QUE JESUS LES DICE. Hoy el Señor nos vuelve a pedir llenar las vasijas con agua. Para hacerlo, ciertamente, hemos de estar comprometidos en la fiesta, cuales participantes o servidores. Cuando uno no siente ese compromiso, al acabarse el vino se comienza a criticar, murmurar y despreciar al dueño de la fiesta, a los trabajadores. Sale a flote la mezquindad y la prepotencia, la arrogancia y la autosuficiencia. Esto lo conseguimos con mucha frecuencia en nuestra sociedad actual. En el Caná que vivimos hoy, ante la falta de vino nos conseguimos con la actitud de muchos que reclamarán pero sin ser capaces de llenar las vasijas con agua. Son esos que se creen más que los demás, que no escuchan el clamor de la gente más necesitada, los que le exigirán que la Iglesia haga y actúe siempre a favor de sus intereses, pero que cuando ella les critica se rasgan las vestiduras y despotrican de ella… Son quienes optan por el comodismo de cambiar las situaciones desde escritorios o con análisis sesgados o se instalan en la mediocridad de la falta de compromiso con los más vulnerables… o sencillamente buscan cómo aprovecharse de la situación y pontifican preceptos y enseñanzas vacías de sentido…

HAGAN USTEDES LO QUE JESUS LES DICE. El nos está advirtiendo hoy muchas cosas: que hemos de remar mar adentro, lanzar las redes, compartir el pan con quien no lo tiene, acompañar al migrante herido en su dignidad, apoyar al médico que da lo mejor de sí, tener olor de pueblo… esa es la fuente de donde debe brotar el agua de nuestra generosidad, entrega, solidaridad, justicia.. Al cumplir con ese mandato brotado de los labios de María, tendremos un apoyo para hacer realidad el mandato eucarístico. Estaremos haciendo la memoria viva del Jesús Liberador de la Pascua redentora. Estaremos actuando en el nombre del Señor.

Una segunda respuesta, conlleva también el compromiso de ser instrumentos de Cristo para hacer el milagro o señal que hoy se requiere: la transformación. Es Cristo mismo quien la debe realizar con la fuerza de su Espíritu. Desde el Bautismo hasta la Eucaristía, con el Espíritu, Jesús hace la transformación radical de nuestras existencias. Esa transformación es radical, plena y total. Va a alcanzar su culmen en la Cruz y en la Resurrección, hasta el punto de dar paso a la Nueva Creación. El Señor va a transformar el agua con la cual llevaremos las vasijas de nuestro hoy. Y se producirá el vino nuevo, delicioso, señal también de “los nuevos cielos y la nueva tierra” de la que nos habla la Escritura Santa.

Nos corresponde ser cooperadores en esta transformación. No sólo porque llenamos las tinajas; sino también porque lo llevamos a degustar a tantos maestresalas que andan de un lado para el otro. Nos toca hacerles sentir que de verdad hay un vino mejor que el ofrecido por ellos. Se trata del vino de la justicia, de la solidaridad, del acompañamiento a los más vulnerables, de la dignificación continua de la persona humana; de la defensa de la vida y de la familia; de la libertad y de la  paz…

Esos maestresalas se admirarán del vino nuevo y delicioso y llamarán la atención como lo hizo el del relato evangélico. Se admirarán y dirán que para el final siempre se sirve el vino baratón o de menor calidad… Ese vino es el del desprecio a los seres humanos, el de la usura y especulación, el de la corrupción y aprovechamiento, de la mediocridad y de la arrogancia… es el vino ofrecido por falsos maestresalas: los defensores de ideologías contrarias al plan de Dios y a la dignidad humana, los narcotraficantes, los violentos, los contrabandistas, los aprovechadores que oprimen a los más vulnerables…No hay que extrañarse que también intenten vaciar esa tinajas del vino nuevo para ofrecer el vino rancio de sus maldades…

La tercera respuesta también conlleva un compromiso de nuestra parte: el testimonio. Dar a conocer cómo el Señor es quien realiza la obra, reafirmar nuestra fe de discípulos y animar a muchos a que se atrevan a seguir al Maestro de Nazaret. Hoy el mundo cree más a los testigos que a los maestros. Hoy la gente sencilla sabe distinguir entre quienes sólo buscan sus propios intereses y se olvidan de ellos… pero la gente es sensible al ejemplo y a la santidad de los discípulos. No faltará quien descalifique. Esa es una de las características del diablo: descalificar para dividir. Por eso, no nos extrañe que ante el testimonio que podamos dar el maligno quiera y pretenda destruirnos y desanimarnos. ¡Es tan fácil descalificar a quien busca hacer el bien! ¡Hasta Jesús sufrió lo mismo, pues llegaron a decir que actuaba en nombre de Satanás!

Pero tenemos una seguridad. Nos lo recuerda Juan: Y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos. Hoy se sigue manifestando la gloria de Dios: en los creyentes y no creyentes que actúan en su nombre. En quienes cooperan para lograr la transformación del agua en vino de esperanza y salvación; en quienes llenan las tinajas con el agua que salta hasta la vida eterna. La mejor y gran manera de manifestar esa gloria de Jesús, el Dios humanado, y promover la llegada de nuevos discípulos o el acercamiento de los alejados, es precisamente con el testimonio de vida. Como bien lo sabemos, siendo testigos del Resucitado. Para ello también tenemos una garantía: hemos sido transformados en lo más profundo de nuestro ser hasta llegar a ser hijos de Papá Dios y sentir que por él, Cristo,  somos lo que somos (cf. 1 Cor 15,10).

 

La festividad de María de la Consolación hoy, en la forma inédita que la celebramos por las condiciones creadas por la pandemia que nos ataca, deviene en una tremenda oportunidad para hacer lo que Cristo nos enseña. Para saber que Ella nos da a conocer la proyección de la “hora” salvífica de su Hijo, y cómo estamos involucrados en la transformación eucarística de nuestra sociedad. Transformación eucarística porque nos toca hacer de esta sociedad el ámbito donde resplandezcan las consecuencias del Cuerpo entregado y la sangre derramada para nuestra salvación. Es el compromiso, ciertamente, de la liberación pascual.

 

Dentro de unos instantes, la ofrenda terrena, fruto de nuestro esfuerzo y trabajo, se convertirá en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, el Resucitado, el Hijo de María. Lo ofreceremos al Padre. Pero, no olvidemos que estamos asociados a Él en esa oblación por el hecho de ser también “ofrendas vivas”. María estará allí, en el Reino del amor eterno, para acompañarnos con su maternal intercesión. Hoy podemos decir, con cariño de hijos y agradecimiento filial, cómo en el Táchira, María nos ayuda a entender lo que el Señor, su Hijo, nos pide y manda. Ella es intercesora y, como la luz de la “tablita” que llamó la atención a muchos, nos sigue acompañando e iluminando en nuestro peregrina… hoy cuando ella lo hace hacia sus nuevos santuarios, los de nuestras comunidades, hogares y corazones.

+MARIO MORONTA R., OBISPO DE SAN CRISTÓBAL

15 DE AGOSTO 2020.

 

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