HOMILÍA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA CON OCASIÓN DE25 AÑOS DE UN GRUPO DE SACERDOTES DEL PRESBITERIO DE SAN CRISTÓBAL

15 de marzo 2022.

 Motivo de gran alegría es la celebración de los 25 años de la ordenación presbiteral de un numeroso grupo de sacerdotes de nuestra Diócesis de SAN CRISTOBAL. La mayoría está presente y con ellos y los ausentes compartimos la acción de gracia por este evento, manifestación del amor de Dios a su pueblo.

Es una hermosa oportunidad para recordar y repasar algunos elementos de la vida y ministerio del Presbítero. Como bien lo ha subrayado el Papa Francisco, no estamos conmemorando la “graduación” de unos profesionales ni la instalación de algunos oficios gerenciales. Es mucho más profundo. Hacemos hoy memoria renovada de un acontecimiento que transformó la existencia personal de un grupo de jóvenes y enriqueció a la Iglesia con su incorporación al Presbiterio de la Iglesia Local de San Cristóbal. Con gozo recordamos algo que no ha cesado de ejercer su fuerza: la configuración a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote de este grupo de hermanos, por la imposición de manos del entonces Obispo Diocesano, +MARCO TULIO RAMIREZ ROA.

Les invito a detener nuestra atención sobre el hecho maravilloso y sacramental de su ordenación. Entre muchos, hay dos elementos que quisiera destacar. Ellos nos hablan de cómo la Liturgia del Sacramento del Orden sacerdotal es una acción pública desde dos puntos de vista: el de la celebración, ya que no es un acto que se hace de manera escondida; además, expresa el inicio de un ministerio también público que compromete la vida del ordenado en servicio al pueblo de Dios.

Esos dos elementos, estrechamente vinculados entre sí, son la profesión pública de cada uno de ellos al decir ESTOY DISPUESTO/PROMETO; y la expresión también pública no sólo de aceptación sino de la consagración por medio de la imposición de las manos y la oración consecratoria. Es necesario siempre, tanto para los ministros ordenados como para el pueblo de Dios, tener muy presente estos dos elementos. Un sacerdote, en sus diversos grados, no es un simple oficial que cumple con un encargo y un horario. Es alguien que ha manifestado públicamente estar dispuesto con todo su ser y en obediencia a actuar en nombre del Señor Jesús, a quien se configura. Y, a la vez, la Iglesia lo reconoce y le da la consagración que viene del Espíritu Santo.

Esta consagración, por otro lado, conlleva tres cosas que no pueden dejar de tenerse en cuenta en ningún momento: una de ellas es que la Iglesia, a través de la imposición de las manos del Obispo ratifica la llamada de Dios y la respuesta del candidato. Al ratificarlas, sencillamente, lo consagra; esto es, lo destina para una misión, en configuración a Cristo: Misión de enseñar, dirigir y santificar. Otra cosa importante y de carácter eclesial es la imposición de manos y saludo de bienvenida de los presbíteros asistentes. Con ello se significa que forma parte del cuerpo presbiteral o Presbiterio. Así, entonces recibe el carisma de la “sucesión apostólica” que el presbítero vivirá y hará patente desde su grado de participación en el sacramento del Orden. La tercera cosa a tener en consideración es la respuesta pública que da a los compromisos que supone el ejercicio ministerial y que se resume en una palabra: PROMETO OBEDIENCIA A LA IGLESIA.

Entonces, con esa consagración la profesión pública que hace el ordenando adquiere un carácter sacramental: no es una simple respuesta ritual o protocolar. El ministro ordenando se ha estado preparando para darle a todo su servicio sacerdotal no sólo un sentido de definitividad sino de comunión con el Señor en cuyo nombre comienza a actuar. Luego de la homilía, según el ritual de la Ordenación, el candidato es interrogado para que el pueblo de Dios sepa a qué se está comprometiendo. Con su respuesta, ciertamente dicha en voz alta y con toda conciencia y rectitud de intención, el ordenando está poniendo como garantía su propia existencia personal. Como ya lo indicamos, se resume todo en la actitud propia de Cristo Sacerdote: la Obediencia a la voluntad de Dios, también manifestada en la voluntad de la Iglesia de anunciar el Evangelio, edificar el reino y promover la humanidad nueva.

Ahora bien, ¿a qué se compromete el candidato y para lo cual va a ser consagrado? Antes de recordar esos compromisos, acotamos que este término –compromiso- significa bíblica y litúrgicamente “alianza”. Esta, a la vez, siempre tiene un carácter de indisolubilidad. En el caso de quien se manifiesta dispuesto a cumplir con ellos, al hacerlo expresa públicamente que no dejará de realizarlas: se trata de tareas que integran su ser existencial y que no puede dejar de hacerlas, sencillamente por su configuración a Cristo Sacerdote.

Entonces ¿a qué se compromete irrenunciablemente el presbítero? Lo recordamos teniendo en cuenta que el Obispo le pregunta si está dispuesto a hacer lo que se le pide. La respuesta involucra su persona: la expresión “estoy dispuesto-prometo obediencia” significa la total disponibilidad para actuar con radical entrega a Dios y a la Iglesia. En primer lugar, el ordenando se compromete al servicio de la Palabra: de hecho, se configura a Cristo Palabra para ser su memoria viva, sobre todo con el testimonio de vida, que lo hace manifestarse como “hombre de la Palabra”. Junto a esto y en el dinamismo de la acción santificadora de su ministerio, se compromete también a celebrar los misterios de la fe y, particularmente la Eucaristía y la Reconciliación. Entonces se da a conocer como quien es capaz de dar su vida y derramar su sangre por la salvación de todos.

Es imprescindible la estrecha relación de comunión con Dios donde escuche y hable y, donde sea portavoz de su pueblo ante la Trinidad santa: es la responsabilidad de la oración. Oración individual-personal, pero con un eminente sentido eclesial. Es el compromiso por la comunión que, en la oración, hace patente la mediación entre su pueblo y Dios. A esto se une, la cercanía y estrecha vinculación con los más pobres, los enfermos, los excluidos, indigentes y menospreciados de la sociedad: para ello, cuenta con el carisma de la caridad pastoral, principio unificante de su espiritualidad.

Dada su configuración a Cristo Sacerdote, el candidato públicamente declara su disposición a permanecer unido a Él. Así testifica que vive para Dios en vista a la salvación de todos los seres humanos. Es un compromiso desafiante: cuánto más unido y semejante sea con Cristo, asimismo será su representación de Cristo como Cabeza de la Iglesia. Este compromiso lo responde el ordenando añadiendo “estoy dispuesto con la gracia de Dios”. Es sabedor de sus limitaciones y, por eso, apela a la fuerza divina para realizarlo. Entonces, con las manos unidas con las del Obispo termina de ratificar su disponibilidad con una promesa: la obediencia al Obispo y a la Iglesia. En el fondo es terminar de expresar su disponibilidad a configurarse a Cristo quien es el mayor y mejor ejemplo de Obediencia. Al hacerlo, sencillamente no se limita a algunos actos de disciplina eclesial sino a toda su vida que es una entrega al servicio en plena comunión con Dios y la Iglesia.

Toda la simbología litúrgica del rito de ordenación gira en torno a la imposición de las manos y configuración a Cristo, precedida por la manifestación pública de voluntad y disponibilidad radical de parte del ministro sacerdote. La unción de las manos, el revestimiento con las vestiduras presbiterales y la primera participación en la eucaristía como concelebrante hablan de la nueva condición de quien recibe la ordenación para actuar en nombre de Jesucristo, a quien se configura.

¡Qué hermoso es poder comprobar hoy esta realidad prodigiosa de parte de Dios! ¡Que bella expresión de la misericordia de Dios al llamar y elegir a estos hermanos, como a otros tantos, para el ministerio sacerdotal! ¿Qué alegría nos da poder compartir su acción de gracias por 25 años de fidelidad en el ministerio! ¡Qué amor de Dios por nuestra Iglesia al permitirnos reafirmar nuestra profesión de fe en el sacerdocio de Jesucristo realizado por ellos en su consagración para el servicio del pueblo de Dios!

Queridos hermanos:

Nos unimos a Ustedes y con Ustedes en la acción de gracias que hoy y en estos días ofrecen al Dios de la vida y del amor. Compartimos con Ustedes todo lo que ha significado y seguirá siéndolo el ser configurados a Cristo sacerdotes; o como solemos decir, al ser “otros Cristos”. Bendito Dios por esta hermosa ocasión; benditos Ustedes por ser instrumentos de la gracia y misericordia de Dios.

Les invito a renovar sus compromisos sacerdotales. Lo haremos dentro de unos momentos. Pero, a la vez, les invito a que lo hagan con la plena disposición de seguir Manifiesten decididamente su ESTAR DISPUESTOS con todo el corazón y con toda la apertura de mente y corazón. Sigan dejándose llenar por la gracia del Espíritu Santo y revivan el don recibido por la imposición de las manos.

Al contemplarlos a Ustedes, como a todos los hermanos de nuestro presbiterio, bendecimos a Dios que ha estado grande con nosotros y por eso nos llenamos de alegría. Al contemplarlos a Ustedes, comprobamos cómo Dios ama a su pueblo. Al contemplarlos a Ustedes sentimos que la Iglesia de San Cristóbal puede y debe seguir adelante en el cumplimiento de su misión.

Besamos sus manos sacerdotales, lo cual nos permite renovar nuestra fe en el único y verdadero sacerdocio, al cual hemos sido configurados. Esas manos bendicen, perdonan y guían con seguridad si permanecen unidos a Cristo. Todo ello es posible si tienen la plena disposición como lo aseguraron el día de su ordenación. Todo ello es posible porque cuentan con la maternal protección de María del Táchira y de la Gran Sabana, Nuestra Señora de la Consolación

+MARIO MORONTA R., OBISPO DE SAN CRISTOBAL.

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