HOMILIA EN LOS 25 AÑOS DE LA ORDENACION PRESBITERAL PBRO. JOSÉ LUCIO LEON DUQUE

Hace 21 siglos atrás un ángel se le apareció a una jovencita de Nazaret para anunciarle que se convertiría en la Madre de Dios. La Iglesia rememora continuamente ese hecho bonito de la Anunciación que devino en la Encarnación del Hijo de Dios. Para ello, María fue preservada del pecado original y hecha inmaculada, como lo conmemoramos cada 8 de diciembre.  Toda hermosa es María al ser purificada de la mancha del pecado con la finalidad de ser la Madre de Dios.

En el episodio de la anunciación, recordado hoy en el Evangelio que ha sido proclamado, podemos encontrar tres, entre los muchos elementos allí presentes, que nos permitirán hacer una breve reflexión sobre otro acontecimiento que hoy celebramos: los veinticinco años de vida ministerial de José Lucio. El texto evangélico nos habla de un saludo peculiar: ALEGRATE MARIA LLENA DE GRACIA… EL ESPIRITU SANTO VENDRÁ SOBRE TI… HÁGASE EN MI SEGÚN TU PALABRA.

María es sorprendida por el Ángel que le visita en nombre de Dios. Recibe un saludo que contiene dos ideas fundamentales. Una primera es el imperativo a estar alegre. La alegría es algo que distingue a la persona creyente. Así será ratificado cuando tiempo después María visita a su prima Isabel. Esta le vuelve a saludar con el reconocimiento de su alegría-felicidad: “Feliz Tú porque has creído”. La Alegría implica, además, una actitud de fe: quien la posee y la practica, sencillamente, es debido a lo que le da sentido a la misma fe: la plenitud de un encuentro permanente con la fuente, como lo es Dios. Cuando el Ángel la saluda, en el fondo la está reconociendo como una mujer de fe decidida.

En el texto original griego del evangelio de Lucas, el verbo “alegrarse” pertenece a la misma familia lingüística del vocablo “gracia”. Así lo deja ver la segunda parte del saludo angelical: “Llena de gracia”. Esta expresión encierra dos ideas: la de la purificación antes mencionada, con la cual se le reconoce como inmaculada. Pero también, es la causa de la misma alegría que manifiesta el Ángel en el saludo. Entonces, la llena de gracia hace que ésta le permita mantenerse “alegre en el Señor”.

El segundo elemento del relato evangélico que queremos destacar es la intervención del Espíritu Santo. Es Él, ante la interrogante de María, quien permitirá que ella conciba al Hijo del Altísimo para convertirse virginalmente en la Madre de Dios. El Espíritu Santo que unge al Mesías para su Misión, como lo profetiza Isaías, es el mismo que lo hace en el vientre materno de la Virgen. A la vez, no es algo que se limita al momento de la concepción, sino que continúa operando desde ese instante en favor de ella y de la humanidad. Esto lo comprobamos en el encuentro con Isabel, ya que la gracia del Espíritu se hace sentir en Juan quien salta de gozo en el vientre materno de Isabel.

Y un tercer elemento que queremos enfatizar es la respuesta de María: “Hágase en mí según tu Palabra”. Es decir, según la voluntad de Dios Padre. En esta respuesta de María conseguimos su generosa disponibilidad que la lleva a decir “SÏ” a la propuesta de Dios. El “SÍ” de María no sólo la acompañará siempre, sino que será la puerta de entrada en la historia de la humanidad del Dios humanado y salvador. El “hágase.Fiat” de María es la mejor expresión de lo que, al estar presente en la historia humana ese Dios salvador, cada ser humano debe hacer: abrir su corazón para aceptar tanto la salvación como la invitación a entrar en el camino que conduce a su plenitud.

Estas ideas del relato evangélico que meditamos, nos hacen posible ahora interpretar lo que conmemoramos también en este día: los 25 años de la ordenación presbiteral de José Lucio. También él, con toda humildad y decisión, tuvo que decirle a Dios y a la Iglesia “hágase en mí según tu Palabra”. Así respondía a la invitación y constitución que Dios hacía de Él para configurarlo a su Hijo Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Ese “SÍ” del joven sacerdote fue ratificado por la Iglesia mediante la imposición de las manos y oración consagratoria del Obispo. A partir de ese momento y hasta la eternidad, José Lucio se convirtió en “otro Cristo Sacerdote”, imagen del Buen Pastor, al servicio de la Iglesia y de la humanidad.

Pero, quien, en el fondo, ha actuado en el elegido como presbítero es el Espíritu Santo. Sobre José Lucio descendió el Espíritu Santo de una manera sacramental para transformarlo y conducirlo en el ejercicio de su ministerio. Al igual que aconteció con María, no fue una acción coyuntural que se limitó a unos minutos de la ceremonia litúrgica. Desde el instante de la imposición de las manos y con la oración consagratoria, el Espíritu Santo lo ungió. Desde entonces sigue manifestándose desde el ministerio sacerdotal de José Lucio: para hacer viva la Palabra de Dios desde sus labios humanos; para hacer presencia sacramental de Cristo en la Eucaristía; para hacer sentir el perdón y la misericordia del Padre Dios a los pecadores; para sostener a los débiles, pobres y vulnerables; para hacer brillar la luz divina…esto es, para actuar en el nombre de Cristo y, al hacerlo, contagiar a todos de la fuerza de ese mismo Espíritu.

Durante sus años de formación iniciados en el hogar dirigido por el Siervo de Dios Lucio y Doña Mercedes y continuados en el Seminario, aprendió a tener fe, esperanza y caridad. Su vida cristiana, aún en medio de sus deficiencias y fragilidad, se encaminaba por las sendas de la alegría, enriquecida por la gracia de Dios. Hace 25 años, ya no el Ángel de la escena evangélica, pero sí el “Ángel de la Iglesia de San Cristóbal” -siguiendo el estilo del libro del Apocalipsis, le dijo que ya estaba preparado: ALEGRATE PUES TIENES LA GRACIA con lo que podrás decir sí y mantenerte fiel en la generosa entrega de tu vida en favor de los demás y de la Iglesia actuando en el nombre del Señor.

Hoy, queridos hermanos, nos unimos para dar gracias a Dios al conmemorar este evento que ha enriquecido también a nuestra Iglesia de San Cristóbal. Les invito a cantar, como María lo hizo ante Isabel, las maravillas y prodigios del Señor realizados por medio de José Lucio. En él y desde él se sigue manifestando la misericordia de Dios de generación en generación. Entonces, también podremos cantar con el salmista: “El Señor ha sido grande con nosotros y estamos contentos”.

 

Querido José Lucio:

Al unirnos a tu acción de gracias, le pedimos no sólo por tu temperamento siempre jovial, sino sobre todo por la fuerza recibida del Espíritu Santo mantente “alegre en el Señor” según la conseja del Apóstol Pablo. La razón de esa alegría, junto con tu encuentro de comunión con el Señor Dios, es la plenitud de la gracia recibida en el bautismo y la confirmación, que adquirió con el sacramento del orden una nueva dimensión: la de estar configurado a Cristo Sumo y Eterno Sacerdote. Permítenos enriquecernos con esa alegría y gracia que posees.

Asimismo, bendecimos al Señor junto contigo cuando hoy renuevas tu respuesta ante Dios y la Iglesia: “HÁGASE EN MI SEGÚN TU PALABRA”. Al estar configurado a Cristo, te has hecho testigo suyo, página viva del Evangelio. A través de los diversos encargos ejercidos has sido ejemplo de ese “SÍ”, con las consecuencias en favor del pueblo de Dios. Sabemos que, en medio de tantos gozos y dificultades, has perseverado y lo seguirás haciendo.  Permítenos llenarnos de entusiasmo al contemplar tu respuesta para que podamos mantenernos en el “hágase-fiat” que debemos darle siempre a Dios.

Junto contigo glorificamos al Espíritu de Dios que desde niño te ha acompañado y que con el orden sacerdotal ha marcado tu existencia de manera radical. Tus manos sacerdotales lo transmiten cada vez que bendices, perdonas y consagras. Toda tu persona ha sido invadida por la fuerza de ese Espíritu para prestarla al Redentor y así continuar su obra salvadora en el mundo. Tu corazón se ha convertido por ese mismo Espíritu en manantial del amor de Cristo por la humanidad. Permítenos seguir experimentando la luz y la fuerza del Espíritu Santo mediante el ejercicio permanente del Sacerdocio de Cristo en ti y desde ti mismo.

Con María, la Inmaculada, la Consoladora, Madre de Dios, ofrecemos a la Trinidad Santa nuestro canto de alabanza, gratitud y adoración por el regalo maravilloso que ha hecho a este pueblo tachirense con tu ministerio sacerdotal. Ella te siga acompañando con su maternal intercesión y con ella “proclamamos la grandeza del Señor”. Contemplamos hoy en ti, de una manera especial, el amor de Dios y, al besar tus manos sacerdotales, renovamos nuestra profesión de fe en el sumo sacerdocio de Jesucristo manifestado en ti… y, puestos de pie, lo hacemos también con un gesto muy nuestro, lleno de gratitud y cariño… es decir con el más caluroso y sonoro de los aplausos. AD MULTOS ANNOS VIVAS.

 

 

+MARIO MORONTA RODRIGUEZ, OBISPO DE SAN CRISTOBAL

 

CATEDRAL SAN CRISTOBAL, 8 DICIEMBRE 2020.

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